Antonio Negri

 

Il libri del rogo

Castelvecchi Editora&Comunicazione srl

Roma. 1997.

 

 

Crisis del estado planificador

Comunismo y organización revolucionaria

[1974]

 

1.                  El antagonismo de la tendencia según Marx: actualidad de su análisis.

 

 Casi al final del "capítulo del dinero" de los Grundisse (1) Marx dice que para conquistar el arco entero del discurso el orden de la argumentación deberá transcurrir desde el análisis del equivalente monetario a la definición de relación de producción, a la articulación interna de la producción, a su reasumirse del Estado, en fin al estudio del mercado mundial -ámbito en que la dialéctica de la parte y la totalidad llega a mostrarse como un después donde todas las contradicciones se ponen en movimiento y emerge la violencia destructiva de la crisis, "síntoma general de la superación de la premisa e impulso a la asunción de una nueva forma histórica". Estas indicaciones del período a atravesar son asumidas como fundamentales en la metodología marxista: ellas permiten al análisis desarrollarse correctamente sobre el plano del materialismo histórico y afrontar el problema de la crisis, del Estado y consecuentemente -para nosotros sumamente importante- el de la organización, como elemento de crítica de la economía política. Y permite hacerlo en una perspectiva dentro de la cual la prepotencia del desarrollo de la tendencia conduce el análisis no sólo a fijar algunos elementos teóricos generalísimos, sino también a determinar el pasaje particular, significativamente próximo a lo que mano a mano propone la vivencia actual del desarrollo capitalista desde el punto de vista obrero.

 Del resto, ya el curso de la discusión marxista del problema del dinero, en los Grundisse, muestra como indistinguible el nexo entre la crítica de la categoría económica "dinero" y la propuesta política revolucionaria. En el dinero, en su génesis, ya desde el inicio de la tendencia, aparece el desarrollo de una insuprimible contradicción: en primer lugar, la contradicción que está implícita en la doble existencia de la mercancía, cuando esta, "una vez, como producto determinado, contiene idealmente (de manera latente) su valor de cambio en la forma de existencia natural", mientras una segunda vez se presenta "como valor de cambio manifiesto (dinero), el cual se deshizo de todo vínculo con la forma de existencia natural del producto" (2). Esta contradicción lógica se hace tendencia histórica plena.

 

 La necesidad del cambio y la transformación del producto en puro valor avanzó en la misma medida que la división del trabajo, o sea con el carácter social de la producción. Pero la misma medida en que esto último se desarrolla, se desarrolla el poder del dinero, o sea la relación de cambio se fija como un poder externo al productor e independiente de él. Lo que originariamente se presentaba como medio para promover la producción, deviene una relación extraña al productor. En la misma proporción en que el producto deviene dependiente del cambio, parece devenir independiente de ellos, y parece crecer el abismo entre productos en cuanto tales y productos en cuanto valores de cambio (Lineamenti, I, p. 83)

 

 Entonces, "no es el dinero el que produce esta antítesis y contradicciones, y sobretodo el desarrollo de estas contradicciones y antítesis que produce el poder aparentemente trascendental del dinero" (3): de hecho la contradicción que el dinero registra es la que hay entre el valor del trabajo como equivalente general del cambio de mercancía, y las condiciones de la producción social dominada por el capital -de un lado dinero como determinación y medida particular del valor de la fuerza del trabajo vendida en el libre mercado, por el otro, opuesto a esta, el carácter social de la producción de la que el capital se ha apropiado y que ha transmutado en una potencia suya sobre el trabajo social, totalidad del movimiento social haciéndose independiente, poder hecho autónomo y por sobre los individuos. En este punto se dan las condiciones formales de la crisis.

 

 Porque la cambiabilidad de la mercancía existe por fuera de la misma mercancía como dinero, ha devenido algo diferente a ella, extraño a ella; con lo que debe ser comparada, de la cual es sobretodo desigual; entretanto la equiparación misma viene a depender de condiciones externas, deviniendo entonces casual. (Elementos, I, p 85, y también pág 153, 155.)

 

 En este punto esta abierta la posibilidad del Estado como gestor de esta casualidad, como detentador de la violencia que debe estabilizar la unidad y la estabilidad del progreso capitalístico de desarrollo sobre, contra las contradicciones.

 Todavía, la discusión puede parecer muy formal ("Más aún, antes de dejar este problema será necesario corregir la manera idealista de exponerlo, la cual da la impresión que se trata de puras determinaciones conceptuales y de la dialéctica de estos conceptos" (4)) En realidad esta primera expresión del análisis marxista del dinero, más que ser formal, es limitada; esto en cuanto que solo toca un momento determinado de la función del dinero en la sociedad del capital: detrás de la "manera idealista" de la exposición se ve la variación progresiva de la función del dinero frente a la modificación de las relaciones de producción en un estadio en que la dialéctica privatista entre costos de producción y valor general del trabajo social no está todavía resuelta. El dinero funciona esencialmente de mediador entre costo de la fuerza de trabajo y valor del trabajo social, de indicador del equilibrio del poder capitalista sobre esta relación, de alusión formal al funcionamiento de la ley del valor sobre un mundo del trabajo no más materialmente homogéneo, y en razón de eso su función vive de algún modo en la misma contradicción que determina, la circulación a pesar de todo parece mejorada en la relación de producción (donde la valorización unilateral de la crisis de circulación es siempre de nuevo comparada en las páginas de los Grundisse). Y aunque cuando Marx pasa "a considerar el dinero en su tercera determinación, esto es en la función de medida, la de ser el medio de cambio universal y por lo tanto la realización de los precios de las mercancías" (5), cuando esto es definido "el dinero como representante material de la riqueza" (6), esta determinación de su análisis es definida con precisión: "es el mundo de la riqueza privada, de la concurrencia capitalista que Marx tiene frente a sí, y el dinero "como materia general de los contratos" y "Edén de la democracia burguesa de la propiedad "igualdad y libertad son respetadas en el cambio basado en el valor de cambio: el cambio del valor de cambio es la base productiva, real de toda igualdad y libertad" (7).

 Sin embargo la tendencia rompe la determinación de la referencia a la época capitalista, referencia sobre la que se funda el análisis marxista: la radicalidad de la crítica irrumpe al descubierto. Lo que es resaltado al inicio es rebatido enseguida: del análisis del equivalente monetario se debe pasar a la definición de relaciones de producción. Ahora, desde este punto de vista, la primera ruptura que la tendencia opera en la confrontación de la determinación capitalista de la época dada ya está dentro de las consideraciones del dinero como representante de la riqueza. Cómo es eso? "Si se considera la producción en su totalidad", dice Marx, "lo misma relación del dinero es una relación de producción" (8), es una relación de producción porque la relación del dinero interpreta, en todas las determinaciones del ciclo del capital, el trabajo asalariado como base y elemento esencial de la producción, es relación de producción porque el cambio entre dinero y trabajo asalariado es total (9). Desde este punto de vista, "sobre la base del trabajo asalariado, la acción del dinero no es disolvente, sino más bien productiva" (10) Pero si el dinero se presenta el mismo como función productiva, ahora la totalidad abstraída de la existencia del dinero debe articularse de un modo radical con el desarrollo del modo capitalista de producir, ahora esta totalidad deberá mano a mano emanciparse de su función de medición y de mediación general del mercado y su función productiva referirse a una totalidad de trabajo social homogénea, compacta y presente: el dinero no deberá ejercer más funciones de mediación entre costos de producción y valor general del trabajo sino solamente y directamente función de la producción social, reproducción de la relación de trabajo asalariado sobre esta dimensión global. La función productiva del dinero imprimirá al desarrollo del modo capitalista de producir la señal de una furiosa voluntad de liberarse de una manifestación mediadora y referir la propia capacidad de dominio sobre el trabajo asalariado fuera del pequeño engaño del mercado, dentro de la dimensión de una sociabilidad general en la cual el dinero, en el final del inicio de la historia capitalista, tiene súbitamente la demanda.

 He aquí la tendencia. Pero hoy la tendencia se ha hecho realidad, está presente. El capital financiero ha empujado al trabajo a superar el resto de respeto que era inherente al valor general del trabajo social, el capital planificado ha mostrado que sólo sobre esta base material es posible el desarrollo capitalista. El carácter social de la producción se ha impuesto dentro del modo capitalista de producir. Por tanto ahora, "sobre la base del valor de cambio, el trabajo viene puesto como trabajo general solamente mediante el cambio", solamente como trabajo asalariado (11). El tiempo de trabajo como elemento cuantitativamente y cualitativamente determinado es diferente, como tiempo de trabajo y como división del trabajo, se dispersa en la máquina social de la producción de mercancías (12), el trabajo inmediato deja de ser, como tal, base de la producción (13) -por tanto ahora el dinero opone a la sociabilidad de la producción la apropiación capitalista de la mercancía. De aquí el problema del dinero deviene directamente el problema de la nueva y radical crisis del dominio capitalista sobre el modo de producción: el dinero es la forma de un dominio sobre el modo social de producir que, en la medida en que la producción se socializa es "en una palabra, el desarrollo del individuo social que se presenta como el gran pilar de la producción y de la riqueza" (14)- ha perdido toda razón funcional de ser que no sea violencia de clase. La ley del valor como ley de la recomposición social del trabajo se ejercita toda sobre este terreno de arbitrariedad y de casualidad. Arbitrariedad y casualidad no más referidas a disfunciones dialécticas de la circulación del dinero e imputables a su duplicidad naturalmente contradictoria, sino que provienen del antagonismo radical de una función de dominio, de una extrañeza potente y enemiga ya no más recuperable en funciones de mediación, ya no más reajustable al proceso de desarrollo, ya no más sustitutiva del desarrollo social. En la forma del dinero el capital, que aunque ha creado las condiciones de la producción social, muestra ser la barrera fundamental al ulterior desarrollo de las fuerzas productivas.

 Aquí viene ahora la nueva impostación que debe asumir el problema del Estado en la crítica de la economía política, porque la ruptura de la relación entre dinero y desarrollo muestra la misma figura de la democracia burguesa, de la igualdad y de la libertad como momento obsoleto. Funcional en el mundo del cambio, íntima articulación de todo esto, libertad-igualdad-democracia permanecen ahora solo como apariencia -apariencia no de una mistificación simultánea al interior del mundo del cambio, sino propuesta sobre la disolución de la relación real de cambio- mistificación de la mistificación, segunda potencia de la apariencia. El despotismo capitalista exalta su figura sobre la caducidad de la función del dinero como mediación de la anarquía de la producción, el Estado como órgano técnico del dominio exalta la monstruosidad de su función en la completa desarticulación de la razón del desarrollo. No es más tampoco el garante de la libertad burguesa: y en ese mismo "ser libre", en el sentido que su poder es casual y arbitrario, es como sólo puede ser quien mismo cree reconocer en el fetiche mismo una función que no existe más. Es únicamente odio, desesperada voluntad de supervivencia de clase. "Lo que se ha dicho de la máquina, vale también para la combinación de la actividad humana y para el desarrollo de las relaciones humanas" (15).

 El "capítulo del dinero" sigue pues la tendencia destinada a mostrar al dinero -después de haber mediado la figura privatista del proceso general de producción- como índice de un antagonismo que, sale dialécticamente del cambio, puesto como su función y su mediación general. Se exaspera ahora en la relación irresoluble, violentamente crítica, entre socialización de la producción y arbitrariedad de su representación en términos de medida, de equivalencia, de representatividad. La misma dialéctica de la relación del capital es la que está rota: el dinero ahora no se representa más como momento de relación de clase sino cuando esto representa la cara escindida, irresoluble, antagonista de la voluntad capitalista de dominio. Es decir, representa el último resultado de una relación que, desarbolándose, no pudo más que conducir a la separación. A pesar de lo que querían los "socialistas", que la utopía señalara al dinero como mediación exacta y representación del trabajo social. "Es un deseo tan piadoso como tonto que el valor de cambio no se desarrolle en capital o que el trabajo que produce el valor de cambio no se desarrolle en trabajo asalariado!"

 

2. Un registro mistificado. El "economista "y la destrucción del concepto de capital.

 

 La tendencia descripta por Marx en el "capítulo del dinero" encuentra hoy alguna correspondencia mistificada en el plano de la ideología. Son en primer lugar los estudios burgueses de la economía política tomando la madurez de la tendencia a la que transcriben en la falsa conciencia de su teoría; y son también en segundo lugar toda la serie de posiciones que emergen en el ámbito del movimiento revolucionario y que trajeron conclusiones inexactas y peligrosas en la confusa percepción del desarrollo capitalista. En ambos casos la tendencia es tomada como resultado, como situación consolidada y extrema, más que como movimiento, -siguiendo una metodología de descripción del desarrollo a través de grandes imágenes extremas, que hoy son constantes. Detengámonos por ahora en las posiciones de los economistas. Para los economistas el registro, la verificación en negativo de la realización de la tendencia descripta por Marx, a propósito del dinero, por el desarrollo capitalista entero, devino en la siempre extrema experiencia del fracaso del progreso keynesiano. La tentativa de regular la circulación, el ciclo, el proceso total del capital interviniendo sobre los elementos en lucha y controlar la mediación, prefigurándola así continuamente, tuvo en buena parte su espacio a través de la presunción clásica que tendía a "estabilizar de golpe solamente la unidad sin la diferencia, la afirmación sin la negación" (17). El "falso proceso al infinito" de la circulación estaba siendo desplazado y recompuesto a partir del control sobre los elementos que lo componían. Y con eso estaban siendo en efecto eliminados una serie de posibilidades de crisis y la necesidad de recurrir a una violencia de recomposición que bajase desde lo externo a restablecer la unidad del ciclo. Verdaderamente era el dinero apareciendo como la figura intermedia que Marx presenta: elemento de propulsión a la socialización de la producción, función productiva y a la vez equivalente general, relación resultante entre instrumento de medida del trabajo e instrumento de control del desarrollo. La contradicción de su naturaleza había funcionado todavía una vez más positivamente para el capital. Pero esta recomposición "socialista" estalla hoy. La apariencia de la ruptura está dada por la irreductibilidad de la clase operaria a devenir sujeto de este desarrollo, por el permanente emerger del "trabajo asalariado que quiere en sí la autonomía", que se pone como tal (18). La realidad de la ruptura se da al realizarse la tendencia del desarrollo, por cuanto compete a la fuerza del trabajo totalizadora, a su constituirse -por el desarrollo capitalista mismo -en individuo social unificado y compacto.

 El proyecto keynesiano de los economistas estalla en este punto: preveía el control y la incitación al desarrollo entre proporciones dadas. El control era la otra cara de la medida, -como enseñaba el "capítulo del dinero" (19), el "socialismo" no incidía en la ley proporcional que desciende desde la ley del valor para configurar el movimiento social entero, -más bien podía darse sólo como uso de la diferencia para la unidad, de la calificación para la igualdad. Deviniendo reaccionario, el socialismo debe producir las condiciones de la propia existencia. La réplica, en su lugar, es que en el movimiento real la socialización del sujeto proletario se negaba a fijarlo, contraponía las condiciones de la producción al comando del capital. Y ahora cuando el esfuerzo de los economistas para eliminar la "irracionalidad" de la crisis de circulación parecía premiado, el fruto no podía ser degustado, no más crisis de desproporción entre los elementos del ciclo, sino desproporción -pura y simple- de clase obrera y capital; no más dialéctica que recondujese la diferencia (de todos modos producida) a la unidad, sino diferencia antagonista, unidad contra unidad.

 La miseria de la ideología sigue a la crisis. Del fracaso del proyecto keynesiano el economista desarrolla una conciencia sólo negativa, o cuando menos exasperada. El emerger de una clase trabajadora socializada y masificada lo conduce a negar el concepto de capital. Eso deviene, por bien que se desarrolle, una "parábola", es la incapacidad de determinarse como estructura homogénea, la "representación indirecta de la realidad que no reproduce los particulares de la estructura", aunque siempre puede reflotarse -es el funcionamiento clásico del capital-la propiedad fundamental, en particular en una relación determinada, con la fuerza del trabajo. De ninguna otra manera puede ser una parábola: porque en efecto ninguna propiedad fundamental es lícito atribuírsela más al capital mientras el conjunto de elementos que lo componen no sólo revela una total heterogeneidad de tejido, no sólo que no se estabiliza en una relación fija con la fuerza de trabajo, sino que su totalidad se revela contradictoria en su composición orgánica; la relación entre trabajo muerto y trabajo vivo es determinada de manera unívoca en el ritmo tecnológico, pero el beneficio si es liberado de estas condiciones.

 ¿Pero decir esto no es implícitamente admitir la realización de la tendencia? ¡Qué lejos de denunciar lo impracticable de la "contabilidad" del concepto capital!, el economista debiera plegarse al reconocimiento de la verificación de un proceso social de revolución en las condiciones de producción, revolución persuadida de la relación entre obreros y capital: la "libertad" del capital, es sólo la mistificación de una derrota súbita en la lucha de clases, la tan sufrida "libertad" del capital en el pensamiento de los "economistas" es sólo el reconocimiento que la llamada "independencia" de la variable fuerza del trabajo es insuprimible.

 Heterogeneidad de la composición del capital, indeterminación de la relación técnica entre extracción de valor trabajo y beneficio, crisis del concepto de composición orgánica. Verdad, Marx ya escribía más de cien años atrás:

"En la misma medida en que el tiempo de trabajo -la mera cantidad de trabajo- es puesta por el capital como único elemento determinante, el trabajo inmediato y su cantidad desaparece como principio determinante de la producción -de la creación del valor de uso- y se reduce a una proporción exigua pero cualitativamente un momento ciertamente indispensable, pero subalterno, respecto al trabajo científico general, a la aplicación de la ciencia natural de un lado, y (en relación con ella) la productividad general derivando de la articulación social en la producción totalizadora por el otro -productividad general que se presenta como don natural del trabajo social..." (Lineamenti, II, p. 394).

 

 Por consiguiente, en el mismo momento que el trabajo se igualaba materialmente y se socializaba, se presentaba plenamente para el capital la necesidad de emancipar de su comando sobre el proceso de valorización, de asumir la propia libertad -de encontrarse en la más terrible soledad -delante de la fuerza del trabajo unificada. Pero Marx añadía "El capital trabaja en la propia disolución como fuerza dominante de la producción"(20). Mientras tanto, los economistas sacan provecho de esto para la apología de la libertad del capital, renuevan las ilusiones -pero en la medida que es eficaz para la represión, no importa el absurdo de un nuevo fascismo -de un desarrollo capitalista desenganchado de la lucha de clase obrera y como quiera que sea de la fuerza de trabajo totalizadora, reivindicando en definitiva la sobredeterminación del capital sobre el sistema como regla material del desarrollo mismo. Del keynesianismo han sufrido sólo el fracaso sin aprender la causa del mismo, de la libertad del capital comparten la rabiosa voluntad de supervivencia. La relación del capital es, desde este punto de vista, puramente externa, mera relación de fuerza, progreso del control general a partir del nivel centralizado de la disponibilidad del dinero, diseño subjetivo de organización y de dominio Y a esta perspectiva subjetiva de los economistas las otras ciencias humanas dan su modesto pero útil contribución (en tal modo la recomposición enciclopedista a lo Galbraith de la teoría de la sobredeterminación capitalista sobre el sistema la encontramos por sus repugnantes oficios algo que no da mucho trabajo en ser citado)

 De aquí la interpretación y la lectura de la crisis.

 De la disolución ideológica del concepto de capital, de la composición orgánica, de la relación entre lucha y desarrollo, deviene finalmente una última definición que es la de Estado. La totalidad de poder atribuida al capital encuentra en la fuerza su atribución más funcional. Funcional: porque en esa forma sobre un sujeto potente puede dar vuelta la garantía que la posibilidad de la libertad, el vaciamiento de las determinaciones del capital corra el riesgo de fracasar, porque sólo la imputación subjetiva que el Estado permite garantiza la maniobra del desarrollo que el economista quiere fundar en términos externos a la relación del capital. Funcional, pues, respecto a la expectativa, de esta atribución: pero hasta que punto real, efectiva? Las contradicciones señalan el camino de una ciencia del capital que quiere destruir la necesidad de su opuesto, y al querer desentenderse de la lucha se multiplican las contradicciones en la medida que más abstracto deviene el referente de la acción.

 El Estado, esa infinita potencia, apropiado en la medida en que se muestra como esencia no dialéctica del desarrollo, tiene una existencia tan puntualmente eficaz como totalmente subordinada a la serie de las innumerables contingencias del enfrentamiento.

 Su autonomía y libertad son en realidad la de los instrumentos, y no la de los fundamentos. Esto no quita la especificidad del rol cubierto por el Estado, no disminuye la capacidad de acción lúcida -y tanto menos de la represión compacta- que él puede poner en acto en el desarrollo, no disminuye la riqueza de su articulación: sobretodo no olvida la función totalizadora de conciencia y guía colectiva que el Estado puede ejercer por el capital -y que eficazmente ejerce. Pero concedido todo esto, la ideología de los economistas de todas maneras no resucita para convencer: al interior de la liberación de la composición orgánica el capital muestra sobretodo su precariedad. El subjetivismo del economista muestra más que nunca el límite que lo aflige: y eso registra el decurso de la tendencia marxista, pero sólo para soportarla, para verla actuar.

 

3. Una consecuencia inconclusa: los "subjetivistas" y la contradicción como catástrofe

 

 Nos acercamos al centro de nuestro problema que es el de la organización obrera revolucionaria. Ahora, una forma inmediata y no concluida de sacar consecuencias de la realización de la tendencia marxista se amplía en el actual debate sobre la organización. Si el capital, se dice, rompe la relación orgánica que lo fuerza a la lucha, se ha terminado la dialéctica positiva -desde su punto de vista- que el Estado tenga éxito en indicar la conflictividad social, presenta al Estado, en vez de como promotor del desarrollo, como productor de crisis, por fin la lucha obrera encuentra que el nivel sobredeterminado de la dialéctica social se fija deviniendo Estado -por lo tanto la temática de la organización debe romper con una tradición agotada que lo ve como mera transposición de la definición de la composición orgánica, debe hacer estallar los nexos que ligan la forma del proceso de trabajo y la emergencia de clase, debe en su lugar -positivamente- impregnarse sobre la construcción de una vanguardia política extraña a lo intrínseco de la composición determinada de la clase obrera, de toda política, y de toda protesta al ataque directo al Estado y a la preparación militar que lo acompañe.

 Un paso adelante y dos atrás, se decía en un tiempo. En realidad el paso adelante es el de la crítica -que recorre vigorosamente esta posición -la de la teoría de la organización así como fue elaborada y practicada, de manera continuada, entre la segunda y la tercera internacional. En ese ámbito el problema de la organización era localizado a partir de la determinación de la composición del capital y de la clase obrera que entonces era: la organización del obrero profesional como eje fundamental del modo de producción capitalista, como articulación esencial del proceso de valorización y de explotación -por tanto del proceso revolucionario. Por estar en los Grundisse "Capítulo del dinero" la composición de clase está ahora verificada desde la posibilidad de hacer funcionar el dinero como medio entre el valor del trabajo en la prestación individual y la producción de valor de cambio, y como mecanismo de equivalencia general y por lo tanto de control pleno del sistema. La ley del valor funciona ahora como elemento dinámico del sistema. De aquí una teoría de la organización que ve su referente fundamental en el operario profesional, y define el proceso de recomposición política como proceso que inviste la estructura organizativa del trabajo y no da siquiera cuenta de la de la eminencia de la función productiva, aquí la ideología del trabajo domina como programa el progreso entero organizativo y lo define como progreso "socialista".

 ¿Cuales son las profundas diversidades tácticas que han caracterizado estas singulares posiciones? Es decir -de Kautsky a Luxemburgo, de Lukacs a Gramsci- es difícil reconocer las variantes del programa socialista. En efecto el análisis objetiviza el referente fundamental en el operario profesional, la recomposición organizativa prefigura el socialismo, que la ideología del trabajo reflejada, (en los términos que ha "reflejado" del marxismo, reflejado como relevamiento y transformación), no solo en la determinación de la composición de clase sino identificándose con la crítica desfasada, descartando lo fundamental que -en esa situación- el socialismo representaba respecto a las condiciones generales del dominio capitalista. Desde este punto de vista el modelo de organización propuesto resultaba revolucionario incluso cuando identificaba el nexo democracia-socialismo como arma de oposición a un capital no planificado y definía la dictadura del proletariado como la forma más alta de democracia, -de funcionamiento político de la ley del valor.

 La crítica de este modelo de organización está ubicada previamente al "subjetivismo" organizativo de hoy. La objetividad de la composición política del proletariado, se observa, fue destruida -absorbida y destruida- en el Estado capitalista surgido en la crisis del 29.

 La respuesta capitalista a la revolución de Octubre, al movimiento de unificación, no sólo ha quitado la misma posibilidad del modelo organizativo, destruyendo la figura del obrero profesional como figura eminente del proceso laboral, sino que la respuesta capitalista ha incluso puesto en acto una operación de contención dinámica de la lucha de la nueva figura del obrero masa, ahora producido. El fin de toda posibilidad de fundar la recomposición organizativa sobre la relación orgánica que liga clase y capital.

 Es en este punto donde todavía a nosotros nos parece que al paso adelante le siguieron los dos pasos atrás, y sobre todo oblicuos. ¿Por qué, de hecho, opinar que el justo reconocimiento del agotamiento de un modelo organizativo, la conciencia de la superación de una cierta proporcionalidad y materialidad determinante de la composición de clase que desplaza a su centro al obrero profesional, anulando al mismo tiempo el concepto de composición orgánica, -es paralelamente renunciar a la posibilidad infinita que la toma actual del concepto, que un "análisis determinante de la clase" pudiera ofrecer? Cierto, el concepto de composición orgánica es puesto nuevamente en discusión, y eso no es indiferente a sus contenidos. Pero no se puede arrojar al niño al agua sucia."Ma non si púo abbutar al bambino con la acqua porca"

 Aquí moviéndose en tal sentido los "subjetivistas" se asimilaron a los "economistas" burgueses, extrajeron de la realización de la tendencia marxista consecuencias catastróficas, exasperadas e incorrectas.

 La sensación que de la crítica justa del modelo de organización socialista se siguen deducciones erradas se registra pero transitando otra serie de problemas relativos a la organización. En el cuadro de referencia del modelo de la segunda y de la tercera internacional la articulación entre dirección y movimiento encontraba en el análisis de la composición política de clase un sostén y una justificación: aunque desde este punto de vista el requisito para que la organización se modelase sobre la materialidad de la composición de clase estaba dado. De hecho la dirección política del proletariado repetía respecto al movimiento el dualismo que el movimiento per se presentaba entre la masa de obreros profesionales (gestores del modo de producción y detentadores de la ideología del trabajo) y la masa proletaria. La mayor y la menor exterioridad de la dirección respecto al movimiento -contenido en el ejemplo de la polémica entre Luxemburgo y Lenin- lejos de representar una alternativa al modelo general, era -cuando no fuese interpretado, como de hecho no lo era, en términos ideológicos- su confirmación, dependiendo de hecho esta mayor o menor mezcla de exterioridad esencialmente del grado de homogeneidad obtenido por los simples proletariados nacionales: indudablemente más alto -siempre para permanecer en el ejemplo- en Alemania que en la Rusia de entonces. Todo confluía pues en dar al modelo socialista de organización, una indudable consistencia en la composición social del proletariado Como reaccionaron nuestros subjetivistas a la caducidad, así también con las condiciones generales del modelo incluida la posibilidad de una relación material del discurso sobre las articulaciones de la organización? Reaccionaron teorizando el más absoluto dualismo entre espontaneidad de la masa proletaria unificada y subjetividad revolucionaria, entre la autonomía obrera y los objetivos de la organización. Paradojalmente el concepto de exterioridad subjetiva de la organización es retomado en la teoría más rigurosa del modelo organizativo socialista, de igual manera que hoy en día en nombre del rechazo a sostener la mediación de la relación orgánica del capital, de la estructura política de la clase. Es una suerte de leninismo sin las condiciones estudiadas por Lenin en "El desarrollo del capitalismo en Rusia" -base fundamental de toda su práctica.

 Es subjetivismo, el "tercermundismo", el "estudiantismo", que hoy se califica como "proletario" y se refiere a la realidad de una socialización sin precedentes del modo de producción y de la extraordinaria masificación de la lucha, sin saber todavía atravesar la especificidad material, interior a este pasaje histórico, sin saber entonces ligar a la voluntad de organización la eficacia del programa.

 De modo tal que el problema debe ser enteramente desplazado y repropuesto en el plano teórico. Retornamos a los Grundisse, retornamos a la tendencia, a la definición marxista de la ruptura de la dialéctica entre socialización máxima del proletariado como trabajo asalariado y absoluta exterioridad del capital como detentador del comando sobre el trabajo. Qué cosa significa ahora la realización de la tendencia de Marx? Es quizás esto, la realización de la simple emergencia de una necesidad inevitable? O es, de otra manera, una regla histórica privada de contenido determinado, una norma de traspaso de cultura que no envejece? Ni lo uno ni lo otro. La realización de la tendencia es en Marx la emergencia de una necesidad de masa-objetiva en cuanto la objetividad está constituida en la realización de masa de la subjetividad animada, articulada con la determinación específica que el desarrollo capitalista está -en esta relación- forzado a recoger. Realización de la tendencia significa ahora victoria del movimiento dialéctico en la medida que en ello la especificidad de una situación histórica está madura en la relación, y la relación será destruida, con un sujeto histórico. La coherencia del discurso marxiano aparece en la verificación de todas sus premisas metodológicas: la entera Einleitung de los Grundisse (25) es la demostración. La tendencia es ese mismo movimiento, movimiento de una relación específica y sólo en esta especificidad encuentra su génesis y su destrucción: la tendencia a la crisis del capital como crisis del modo de producción ante las condiciones del trabajo, la totalidad del comando capitalista ante la totalidad de la sujeción obrera es un movimiento que tiene una prehistoria inmediata -toda determinada- es una desembocadura que solo dentro de la relación plena se determina. Romper esta dialéctica, pone el problema de la destrucción del orden existente fuera del movimiento que crea la condición fundamental -la aparición del individuo social proletario- y determina un dualismo suicida: debe la teoría terminar vaciándose, se abre la ceguera de la práctica. No se ataca el subjetivismo porque la subjetividad no tendría un después en la tendencia marxista: al contrario se lo ataca porque se separa de aquella subjetividad que recorre toda la tendencia marxista, pero como subjetividadad corporizada, dialéctica, calificación de la misma individualidad histórica, concretamente, específicamente, construida en esta fase del desarrollo capitalista. Vale la pena en este punto -se crea allí el espacio- recorrer la historia reciente del marxismo occidental para ver como, de la crítica del "diamat", del bruto materialismo del determinismo soviético devino una alternativa dualística, emergió una reserva teórica, incapaz de religar la tendencia dentro de la participación de la lucha activa de clases, como lucha de clases pura y simple en acto. Desde allí se la condena a la impotencia, a la asunción del terrorismo como la única forma posible de lucha, es un comportamiento recurrente, porque tomando nota de una teoría subordinada quiere oponer una teoría libre. Pero libre de qué cosa? Subordinada a qué cosa? Libertad y subordinación, de la teoría como de la práctica, se dan sólo en la tendencia, en el movimiento, en la especificidad de la lucha de clases que construye materialmente la destrucción del orden de cosas existente. Ahora desde el punto de vista de la temática de la organización, lo que importa no es la realización de la tendencia como dato, como estado, como resultado; lo que importa es su realizarse como actividad. De aquí la ilusión de cualquier forma de subjetivismo que suponga la tendencia como resultado y se apreste de manera simplista al ataque al poder: solo en abril de 1917 se pudo escribir la Tesis de Abril.

 De aquí la necesidad de traer nuevamente al análisis, la discusión y la práctica sobre el problema de la organización, todo dentro del movimiento material. Es verdad que, en el proceder en este terreno, gran parte de los resultados de la tradición son tirados a la basura. Es verdad que, el uso de las viejas categorías de la crítica de la economía política para el problema de la organización es asfixiante: de otra forma el cambio de contenido y de referentes no puede sino modificar el mismo andamiaje teórico de las categorías que se asumieron. Pero este es el único camino que podemos recorrer. No el acortar camino.

 

4.Trabajo (abstracto) como sujeto revolucionario: la base del programa comunista y la apropiación proletaria.

 

 Queremos entonces demostrar que el comunismo es actual, que todo pasaje intermedio está quemado; que la lucha de clases se dirige directamente e inmediatamente contra el Estado. Pero debemos demostrarlo al interior del movimiento de la tendencia porque este método tiene importantes consecuencias en la definición del modelo organizativo, sobre el nexo entre programa y organización. Este es el significado del materialismo dialéctico: saber relacionar; y aún nutrir el análisis real del crecimiento del sujeto histórico revolucionario, y no sólo las cuestiones generales.

 Volvemos por esta razón a la tendencia, así como está descripta en el "capítulo del dinero" de los Grundisse. ¿En qué consiste la contradicción fundamental y en que sentido se realiza su movimiento? Marx distingue dos momentos. El primero es el que el trabajo simple es puesto desde el principio como trabajo particular: para retomar la esfera del dinero este trabajo debe ser mediado por la generalidad; y es el dinero mismo el que cumple esta operación. La contradicción existe, entre trabajo particular y generalidad del dinero, pero es contradicción superada, el dinero es una función productiva. "En el segundo caso se cambia el presupuesto mismo; o sea es presupuesta una producción social, la sociedad como base de la producción. El trabajo simple es puesto desde el principio como trabajo social. Entonces "su producto no es valor de cambio". En el segundo caso el carácter social de la producción es presupuesto, y la participación en el mundo de los productos, en el consumo, no es mediada por el cambio de trabajo o de productos del trabajo recíprocamente, independientemente. Es mediado por las condiciones sociales de producción entre las cuales se encuentra el individuo."

 

 Aquí aparece la contradicción fundamental, o bien se hace antagonista la función del dinero, se sobredetermina su función -de otra manera mediadora, real, productiva- respecto al desarrollo de la fuerza productiva.

 

 Querer transformar por lo tanto el trabajo simple (o bien su producto) inmediatamente en dinero, en valor de cambio realizado, significa determinarlo inmediatamente como trabajo general, o sea es negar tener en cuenta las condiciones bajo las cuales debe ser transformado en dinero y en valor de cambio, y de las cuales depende el intercambio privado. La exigencia puede ser satisfecha solamente con la condición que no sea puesta otra vez. El trabajo, sobre la base del valor de cambio, presupone que ni el trabajo simple ni su producto sean inmediatamente generales; que se obtenga esa forma solamente a través de una mediación objetiva, a través de un dinero diferente.(Elementos I, pág 116-118)

 

 Hemos visto como el capital, en la larga historia de su desarrollo entre manufactura y gran industria, ha recorrido y quemado la primer fase descripta. Después de la gran crisis del ´29 se abre la segunda en que, equivocadamente, desde un principio se intenta hacer funcionar el dinero, el control capitalista del valor de cambio general, sobre la ambigüedad o contradicción ahora reconocida que la relación presenta.

 Hoy finalmente encontramos la segunda fase de manera totalmente desplegada, en la medida en que en la mistificación de la contradicción, los elementos de continuidad mistificada respecto al pasado resultan agotados. "Esta relación económica -el carácter que el capitalista y el obrero tienen, de ser extremos de una relación de producción- deviene tanto mas plenamente y adecuadamente desarrollado cuanto más el trabajo pierde todo carácter artesanal." (26).

 Y hoy el trabajo no sólo se constituye materialmente como base general sino que se muestra como tal.

 

 Que el valor de uso que se contrapone al dinero puesto como capital, no es este o aquel trabajo, sino trabajo puro y simple, trabajo abstracto, absolutamente indiferente a toda determinación particular, pero capaz de toda determinación. La sustancia particular de la que está constituido un capital determinado debe corresponder naturalmente el trabajo como trabajo particular; pero debido a que el capital en tanto tal es indiferente a toda particularidad de su sustancia, en tanto la abstracción de toda su particularidad, el trabajo que se le contrapone tiene en sí la mismísima totalidad y la mismísima abstracción. (Elementos, I, pág. 280)

 

 Pero insistamos sobre el pasaje que hoy se da, en la segunda de las fases descriptas por Marx: veremos de hecho una serie de importantes consecuencias relativas al movimiento de la tendencia. A fines del ´29 -es el momento en que en respuesta a la acción revolucionaria socialista y de octubre se pasa a la producción de masa como medio para destruir las condiciones de la organización obrera (el 29 es el reconocimiento y el asumir de este estado del movimiento real)– en el 29 por consiguiente la producción es puesta ahora en el trabajo general. El carácter social de la producción hace posible desde el principio un producto general, social. Pero que el nuevo pasaje, se haya, dado se debe al agotamiento de la mistificación que siguió al ´29. Es el reconocimiento de los trabajadores de la relación, nuevamente estabilizada desde el llano, entre clase obrera y dinero como horizonte del control, el equivalente general del valor de cambio, como algo puramente aparente. Marx preveía en estos términos este decisivo pasaje:

 

 El obrero, si la cooperación le permite mercadear y competir con el capitalista, mide sus pretensiones en la ganancia del capitalista pretendiendo una cuota determinada del plusvalor que el mismo ha creado; por lo que la proporción deviene un momento real de la vida económica misma. Además la lucha entre las dos clases -que se instaura necesariamente con el desarrollo de la clase obrera -la proporción de la distancia recíproca, expresada en el salario mismo como proporción, adquiere una importancia decisiva. La apariencia del cambio desaparece con el modo de producción basado en el capital (Lineamenti, II, p.258).

 

 Pero entonces la tendencia comprende desde antes el movimiento del sujeto histórico revolucionario y descubre, imputándolo a la caducidad de la mistificación del valor de cambio, el pasaje de la lucha del salario a la lucha por la apropiación (sobre este tema volveremos de todas maneras). Pero entonces, si este reconocimiento tiene lugar, suspende entonces toda mistificación sobre el socialismo; el socialismo no es posible como no es hoy posible relación alguna que no sea meramente antagonismo entre trabajo y valor de cambio, más todavía, su utopía puede funcionar solamente como ha funcionado brevemente después del ´29, como control ideológico capitalista del antagonismo que emergió.

 En lugar de, sobre esta base unificada del trabajo asalariado y sobre este reconocimiento de la apariencia infame del cambio, el comunismo es necesario como producto y a la vez subversión del estado de cosas presente: la "prostitución general se presenta como una fase necesaria del carácter social de la disposición, capacidad, habilidad y actividades personales" (27), la tendencia opone "la libertad individual, fundada sobre el desarrollo universal de los individuos y sobre la subordinación de su productividad colectiva, social, como su patrimonio social" (28).

 El análisis de la contradicción fundamental que la tendencia mueve y lleva a resolver, no considera solamente los aspectos cualitativos -la caducidad es la de la diferencia cualitativa-del trabajo: el constituirse de la unidad del trabajo asalariado es un aspecto que inviste incluso los aspectos cuantitativos de la prestación de trabajo, los disuelve e induce en su propósito una serie de nuevos antagonismos -como ya hemos recordado– Lo fundamental: es que las anotaciones son leídas -porque implícitamente y explícitamente fueron referidas-en relación a la disolución de la división del trabajo.

 

 En la medida que se desarrolla la gran industria, la creación de la riqueza real viene a depender menos del tiempo de trabajo y de la cantidad de trabajo empleado que de la potencia de los agentes que fueron puestos en movimiento durante el tiempo de trabajo, y que a su vez -esta su powerful effectiveness- no está minimamente en relación al tiempo de trabajo inmediato que cuesta su producción, pero depende en vez del estado general de la ciencia y del progreso de la tecnología o de la aplicación de esta ciencia a la producción (Elementos, II, p. 400)

 

 Sobre el ritmo de la reducción del tiempo de trabajo, la ciencia se incorpora al trabajo productivo inmediatamente "la invención deviene una actividad económica y la aplicación de la ciencia a la producción inmediata un criterio determinante y apremiante para la producción misma" (29).Y por eso ahora, sobre la base de estas condiciones, es que la "riqueza real se manifiesta -y esto es el signo de la gran industria- en la enorme desproporción entre el tiempo de trabajo empleado y su producto, Como (ya antes) la desproporción cualitativa entre el trabajo reducido a pura abstracción y la potencia de producción que él vigila" (30). La contradicción que no consigue -en primer lugar y en general porque el capital, ante este proceso, de un lado "tiende a reducir el tiempo de trabajo a un mínimo mientras, por el otro, pone el tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza"; en segundo lugar y de manera más específica (es la ley de la productividad del trabajo) porque el capital "disminuye el tiempo de trabajo en la forma de tiempo de trabajo necesario para incrementarlo en la forma de tiempo de trabajo superfluo -en medida creciente -la condición (cuestión de vida o muerte) de necesario." (33), esta contradicción entonces, es posible, impregnándose de las consecuencias del proceso de abstracción del trabajo. De nuevo de hecho la contradicción revela a la clase trabajadora como sujeto histórico de la tendencia, y lo muestra no sólo como actividad antagonista, como posibilidad de subversión: lo muestra como mundo y subjetividad nueva que deviene construyéndose de manera social, comunista. En primer lugar como actividad antagonista.

 De un lado el capital recurre a toda la fuerza de la ciencia y de la naturaleza, como a las combinaciones sociales y las relaciones sociales, a fin de hacer posible la creación de la riqueza (relativamente) independientemente del tiempo de trabajo empleado en ella. Del otro lado intenta medir la gigantesca fuerza social así creada con la medida del tiempo de trabajo, e impregnarle los límites que son necesarios para conservar como valor el valor ya creado. Las fuerzas productivas y las relaciones sociales -ambos lados del desarrollo del individuo social- figuran para el capital sólo como medios, y son sólo medios para producir sobre su limitada base. Pero en realidad son las condiciones para hacer saltar por el aire esta base (Elementos fundamentales, II, p. 402.

 

 En segundo lugar como actividad reconstructiva, como posibilidad real y presente del comunismo.

 

 El trabajador no es más el que introduce el objeto natural modificado como miembro intermedio entre el objeto y él mismo, sino el que introduce o inserta el proceso natural, que él transforma en un proceso industrial, como medio entre sí mismo y la naturaleza inorgánica, de la cual se apodera. Él se coloca junto al proceso de producción, en vez de ser el agente principal. En esta transformación no es ni el trabajo inmediato, ejecutado por el mismo hombre, ni él tiempo que él trabaja, sino la apropiación de su productividad general, su comprensión de la naturaleza y el dominio sobre ella a través de la existencia del cuerpo social -en una palabra es el desarrollo del individuo social que se presenta como el gran pilar de sostén de la producción y de la riqueza. El fruto del tiempo de trabajo ajeno, sobre el que se apoya la riqueza de hoy se presenta como una base miserable respecto a esta nueva base que se desarrolla en el tiempo en que está siendo creada la gran industria misma. Apenas el trabajo en forma inmediata deja de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja y debe dejar de ser su medida, y es cuando el valor de cambio debe dejar de ser la medida del valor de uso. El plusvalor de la masa ha dejado ser la condición del desarrollo de la riqueza general, así como el no trabajo de unos pocos ha dejado de ser la condición del desarrollo de la fuerza general de la mente humana. Con esto la producción basada sobre el valor de cambio se derrumba, y el proceso de producción material inmediato viene a perder entonces la forma de la miseria y del antagonismo. Toma su lugar el libre desarrollo de la individualidad, y entonces por tanto no es necesaria la reducción del tiempo de trabajo para crear plusvalor, sino en general la reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo, al que corresponde la formación y el desarrollo artístico, científico, etc., de los individuos gracias al tiempo devenido libre y a los medios creados para todos. (Elementos Fundamentales, pág 401-402)

 

 Es en este punto, en este nivel de maduración y de expansión de la tendencia, que reconocemos como real, que se impone una primer conclusión en mérito al problema de la organización revolucionaria en su relación con la determinación -teórica en sentido marxista y leninista– de la composición de clase. Si entonces el cambio de fuerza de trabajo no es más lo que deviene -con determinación cuantitativa y con especificidad cualitativa– al interior del proceso del capital, y en lugar de un intercambio de actividad, determinada como bisagra y meta social, es el presupuesto mismo de la producción social y la sociabilidad la base de la producción; se termina el trabajo singular y es puesto desde el inicio como trabajo social. El producto mismo de todo el trabajo no puede ser representado como valor de cambio, ni siquiera en la forma simple de la medición proporcional entre trabajo general y control general sobre sí mismo. Trabajar ya es una participación inmediata en el mundo de la riqueza. Reconocer esto es proponer a la organización un contenido necesario del programa, es establecer una tarea teórico-práctica a desarrollar en el terreno de la apropiación directa como reconocimiento práctico de las condiciones sociales de la producción. El contenido de masa del proyecto de organización obrera, en la misma medida en que se extiende en la figura entera del trabajo abstracto, se determina en torno al programa de la apropiación social directa de la riqueza social producida.

 La apropiación obrera y su reconocimiento práctico, -es la revelación práctica que el desarrollo de la fuerza productiva encuentra una barrera en la apropiación capitalista de la riqueza, y junto a esto un nuevo sujeto histórico revolucionario puede hoy imputar a sí mismo la tarea de hacer florecer la propia lucha, en las características mismas de la propia existencia, el comunismo.

 

 5. La crisis del Estado-planificador: la gran empresa como articulación de la tendencia y sujeto del antagonismo del punto de vista del capital

 

 La tendencia promueve un desarrollo que es en primer lugar contradictorio, y de ahí en más antagonista. Contradicción y antagonismo implican la existencia del sujeto de relación que se da así: hemos visto como viene emergiendo cada vez más claramente el sujeto histórico proletario. Ahora es el momento de dirigir la atención al otro sujeto, al capital, para ver como -dentro de la tendencia-se mueve, como se desarrolla su acción, porque la tendencia, ante todo se abre, si se cierra. En la tendencia la acción de clase es progresiva, la del capital regresiva. Ambos son señalados por el hecho que se ha entrado en una fase nueva y original de lucha entre las dos clases: este hecho califica el horizonte estratégico de la lucha. Pero, contemporáneamente, es sólo en la determinación de los choques que resaltamos el pasaje táctico, la especificidad, la determinación que el discurso debe tener antes que nada presente.

 Entonces, en este nivel de desarrollo de la tendencia, cuál es la respuesta del capital?

 Ya hemos aludido a las posiciones de los “economistas”. Por eso la crisis del Estado construido a partir del 29, por eso la ruptura de la proporción determinante en la división de la riqueza social contra la prepotencia de la nueva figura de clase, que nos conduce a retener que cualquier relación orgánica entre clase y Estado -como representante colectivo de los capitalistas– no puede darse más. A la crisis del estado planificador no pudo seguirle otra cosa que una relación completamente libre en la determinación del equivalente general del valor, completamente desarticulada de la composición orgánica del capital y así el estado está feliz de no tener que intervenir sobre el proceso laboral social al interior del cual: la escisión entre trabajo y comando sobre el trabajo esta completamente realizada. El estado no podrá representarse de otra forma que no sea la de estado-crisis, el gestor de la libertad del uso del comando por la supervivencia del capital. "Desvalorización general y destrucción del capital”, desvalorización general que se extiende, en la crisis general, hasta la misma fuerza de trabajo viva" (32), éstas son las líneas de las cuales -relación de fuerza mediante que lo permita– no les parece a los “economistas" se puedan alejar, dando por descontando al mismo tiempo que la permanencia de la crisis es una condición normal del desarrollo capitalista y de una adecuada función del Estado. En esta línea teórica, como ya se ha mencionado, se funda una tendencia subjetivista en mérito al problema de la organización revolucionaria, que insiste consecuentemente sobre la necesidad de disociar radicalmente el proyecto organizativo de la definición de la composición política de clase. Pero esta posición representa, como se ha visto, por bien que vaya, una verdad parcial. Es verdad: que en forma inmediata el uso de la crisis como desvalorización se extiende hasta el valor de la fuerza del trabajo, tal el camino principal que debe recorrer el capital -y esto nadie puede negarlo. Y menos ahora: cuando no se puede siquiera rechazar la afirmación de tendencia que "progresivamente el mundo objetivo de la riqueza, mediante el trabajo mismo como fuerza extraña, se expande de frente al trabajo y adquiere una existencia siempre más extensa y más plena; de modo tal que relativamente, o sea en relación al valor creado o a las condiciones reales de la creación del valor, la subjetividad indigente de la de la fuerza de trabajo viva representa un contraste cada vez más crudo" (33) Pero esta posición subjetivista no significa renunciar al reclamo mucho más potente que es el de comunismo en acto en el movimiento real? El mecanismo capitalista de la crisis no protege unilateralmente el desarrollo del capital, empujando con este fin a la desvalorización del valor de la fuerza de trabajo. Al contrario, "la destrucción de valor y de capital que se verifica en períodos de crisis coincide o mismo es sinónimo de un desarrollo general de la fuerza productiva" (34). Simultaneidad de crisis y de reestructuración, tentativa –en el mismo momento en que se altera la proporción entre trabajo necesario y plusvalor "o, if you please, entre los diversos momentos del trabajo objetivado y del trabajo vivo" (35)– de restablecer otra relación, de reproponer niveles de composición orgánica favorables al capital. Se podría objetar que, en el nivel actual de la tendencia, detrás de la relación de fuerzas que hoy determina la crisis, una determinada simultaneidad de crisis y de reestructuración puede funcionar por la mera mistificación. Pero es la mistificación que modela al capital, por estar dirigida a la mistificación, menos eficaz? Vale la pena replicar a los “subjetivistas" que de esta manera criticamos, con el aforismo leninista “Va in luido en la parvenza (schein) toda la riqueza del mundo y negamos la objetividad de la parvenza" (36) En realidad es adecuado dentro de la eficacia de la respuesta capitalista –o if you please de la mistificación capitalista- que el antagonismo tendencial puede devenir -a lo menos- explosivo, y es confrontando con este camino del capital que la instancia comunista de la masa proletaria pudo hacerse potencia subversiva. Dentro de la determinación de esta relación, dentro de su contingencia y su especificidad, los patrones pueden encontrar su nuevo concepto de capital, los proletarios una nueva práctica de partido.

 Y en efecto, los patrones están construyendo el nuevo concepto de capital. La más amplia experiencia que se nos ofrece a la teoría, es la habitual lucha de los trabajadores: sólo a partir de esta –la conciencia, si no la ciencia, del capital lo reconoce– la innovación teórica y la renovación del domino político son posibles. “Capitalizar la revolución" era el titular del “Times" hace un tiempo. La reflexión y la práctica consiguiente se centran, en las causas de la crisis actual para superarla, para contenerla –además de utilizarla y reprimir como siempre el domino de la relación que el capital realiza. ¿Cómo se dio entonces, la crisis del Estado Keynesiano construido a partir de 1929? El estado de las proporciones determinadas ha llegado a su fin ante la masificación de la lucha, al extenderse la demanda del salario -ha llegado a su fin en el enfrentamiento que le oponía el trabajo abstracto unificado como práctica colectiva en la respuesta de una elevación del valor del trabajo necesario. Esto ha producido la eliminación de las proporciones determinadas entre trabajo necesario y plusvalor, que -traducido en términos de valor de cambio- se llama inflación. Con la inflación la crisis del sistema se hizo antes que nada crisis del Estado; porque al estado se le atribuía el rol hegemonizador, equilibrador y promocionador, en la secuencia empresa-estado-plan. La fábrica se subordinaba al Estado que garantizaba las condiciones fundamentales del funcionamiento del sistema –y del sistema de fábricas en primer lugar. Por medio del Estado el valor de cambio encontraba una garantía para valer como ley general de reproducción de las condiciones productivas. Pero este mecanismo no ha funcionado. Está roto, a partir que la fábrica vino a investir toda la sociedad, la ley que el Estado debía garantizar. Aquí en la lucha masificada del obrero masa, el trabajo se desenganchó del valor del trabajo. En esta situación el estado puede garantizar una relación proporcional general, y esto es la vigencia de la ley del valor del trabajo, solo a través de un dinamismo reformista medido en las proporciones de las que es garante. Cuando en lugar de eso, el reformismo, bajo la presión operaria, desborda de los diques fijados, deviene un elemento ulterior de disolución, perturbador del correcto funcionamiento de la ley del valor de cambio mismo.

 Ahora es parte del juego aceptar la situación determinante del desenganche del trabajo de la ley general del valor. Sobre esta conciencia se ejercita la voluntad capitalista de reestablecer una relación hegemónica. De principio a fin, la determinación final de la tendencia se subsume al capital; la separación que está implícita en el valor de cambio se hace explícita en términos más extremos, el capital se hace inmediatamente y solamente “comando sobre el trabajo ajeno" (37). El desenganche entre trabajo y del trabajo-valor de cambio, una vez aceptado y hecho propio por el capital conduce a esta conclusión: el comando como tal , el comando generalizado sobre el trabajo, deviene no solo -como siempre ha sido- motivo de calificación general del capital, sino elemento de existencia, de supervivencia -al fin y al cabo de determinación específica para la época histórica dada. Una segunda consecuencia es, sobre estos presupuestos, inmediatamente madurada: y es la inversión de la secuencia Estado-plan-empresa. En caso que el estado hubiera cubierto el rol hegemónico, representando y garantizando la equivalencia en el movimiento de factores, la caducidad de la norma de equivalencia subordina la función del Estado respecto a la de la empresa (en la forma dominante que hoy asume, que es la de la empresa multinacional). A nivel del mercado mundial, el Estado-crisis se presenta hoy como crisis del “Estado Nacional" respecto a la forma de la empresa –de empresa multinacional- del comando capitalista. En caso que el Estado haya ordenado todas las condiciones de la producción social, el ataque obrero lo desvaloriza e impone a la conciencia capitalista la entrega de la única condición que no puede entregar: el comando de empresa en la extracción de plusvalor. Así al neomercantilismo y dirigismo keynesiano es seguido por los nuevos economistas americanos, en nuestro duro ataque a las tradiciones reformistas y la pesada insistencia en la política selectivamente incentivadora; así, chez nous el fin de la temática del reformismo se mezcla sobre la proclamada afirmación –que tanto sabemos le gustaba a Marx: “la empresa es la base del Estado" (Glisenti); así en el nivel internacional, en paralelo con el fin del keynesianismo en la política interna, se derrumbó Bretton Woods y los acuerdos entre Estados sobre el equivalente general, liberando de tal modo para la empresa multinacional una función de tracción y de comando general en el desarrollo.

 

 El capital alcanza su más alto desarrollo cuando las condiciones generales del proceso social de producción no son creadas descontándolas del rédito social, de los impuestos públicos, -de dónde, es el rédito y no el capital que figura como fondos de trabajo, y el obrero, por ser obrero asalariado libre como cualquier otro, todavía desde el punto de vista económico se encuentra en una relación diferente, a la del capital en cuanto capital (Elementos, II, pág 171.)

 

 Pero el proyecto capitalista hoy no interpreta sólo la fuerza del impacto obrero sobre la estructura del estado planificado: intenta interpretar la forma, la figura en la que se ha desarrollado, la figura del obrero masa. Interpretarla para asumirla y distorsionarla. La fluidificación de todos los momentos del ciclo productivo representa la faz positiva del proyecto capitalista, la reestructuración verdadera y propia –con contemporáneo aumento de la productividad de la fuerza de trabajo singular y del trabajo social (38). La tentativa de reinsertarse al interior de esta masa de mecanismos de división del trabajo ahora totalmente ligados a la participación en el comando de empresa, representa la faz negativa, reaccionaria del proyecto capitalista. De este modo el complejo horizonte político del capital alcanza el nivel del proceso del trabajo y la urgencia de dominio general sobre el desarrollo articulando la tentativa de determinar en una nueva forma la composición orgánica del capital. Así se da un concepto puramente político, de articulación entre masificación de la producción y función del comando dentro de ella. La sobreabundancia del capital –fruto de la emergencia obrera masificada– ha quemado la posibilidad de determinar la composición orgánica como relación entre tiempo de trabajo y la productividad diversa entre las diversas ramas de la división del trabajo. El aplanamiento del trabajo debe ahora tener como correlación la permanencia de la forma del valor del trabajo, la forma del comando capitalista, la forma del comando de fábrica sobre toda la sociedad. Desde este punto de vista la empresa –como fábrica- se confirma como concepto del capital producto de los patrones, adecuado a sus exigencias de hoy, como categoría específica del capital en la fase que atravesamos de relación de fuerzas entre las clases. Desde este punto de vista la combinación dispuesta relativa a la compleja fluidificación del trabajo sobre el ciclo entero de producción y a la selección de las funciones de imperio al interior del ciclo mismo –es todo lo que se llama automatización– conquista un rol en la historia del desarrollo capitalista que puede ser parangonado al del taylorismo y del fordismo en los años 20: entonces masificación contra la base profesional de la organización obrera, hoy participación selectiva contra la base masificada de la organización obrera.

 Es el momento de extender algunas anotaciones concluyentes incuso sobre este argumento. De todo esto resulta que el capital -en forma alternativa, o mejor, en concomitancia con el uso de la crisis– en este nivel de la tendencia intenta capitalizar la revolución, mistificando la emergencia del trabajo abstracto como sujeto masificado en una composición fluida y aplanada del trabajo productivo, dentro de la cual la única emergencia resultante y calificante es la de la empresa, de la reproporción sobre todo el trabajo social de la norma del comando del trabajo de fábrica. Esta es la vía que el capital toma al seguir la causa que ha determinado el despedazamiento del estado-Plan, al interpretar y controlar el movimiento de clase que ha destruido el Estado keynesiano del ´29. Si este es el tipo de línea impuesto -en la dialéctica de la relación entre las clases en lucha– al capital, resultan confirmados los motivos de polémica en la confrontación de toda impostación subjetivista del problema de la organización obrera revolucionaria. La necesidad de la organización política comunista de los obreros y de los proletarios para la insurrección, es tan urgente y en un todo relevante para que un análisis de la tendencia tenga motivaciones más radicales que una elección “voluntarista”. Subvertir la articulación capitalista del comando sobre el trabajo social que se ejercita a partir y a través de la empresa constituye por el contrario la tarea táctica primaria de la organización revolucionaria: sin la dilucidación de esta función específica, el mismo empuje macizo comunista de la masa corre el riesgo de ser anulado en la represión (no en la de los jueces, sino en la material del sistema), de modo de no producir efectos inmediatos de organización.

 Comenzamos diciendo que no bastaba seguir la capacidad de ruptura de la tendencia, que era necesario tomar la especificidad del comportamiento y del proyecto de los sujetos del antagonismo. Ahora cuenta el análisis del comportamiento del adversario de clase, comienza a configurarse el problema, el pasaje determinado que la organización revolucionaria de los obreros debe cumplir: gestión de la apropiación social de parte de la masa, junto a la ruptura del sostén político, del símbolo teórico, la función de arrastre del capital hoy en día, de la empresa. El problema nace del hecho que no se trata de dos temas, sino de uno solo: de mover a todos los trabajadores masa contra la fábrica, desencadenar todo el trabajo abstracto contra la forma del valor de cambio, de nuevo contra la fábrica. Este es hoy el tema de la organización obrera en relación al problema de la composición orgánica del capital.

 

6. Reflexiones interlocutorias sobre algunas objeciones de método: la tendencia, la ciencia y la práctica

 

 Un breve paréntesis metodológico, en este punto. Dos objeciones fueron alzadas en otro tiempo contra el tipo de razonamiento que llevamos adelante aquí: uno, el del economicismo, es decir el confiarse al determinismo de la tendencia postulando una traducción inmediata de esa realidad (esto es desarrollando la especificidad determinante que la realidad presenta y la forma específica de dominarla); la otra objeción, complementaria, es la del idealismo, esto es el subjetivizar la articulación polar de la tendencia, individualizar contradicciones y antagonismos -olvidando con esto la serie de operaciones prácticas que ninguna individualización determinada –organizativa– implica: que el idealismo se haga espontaneísmo.

 La práctica ha hecho justicia con estas objeciones. Por tanto cerraríamos con ellos, si no fuese que –al responderle– podremos profundizar nuestro punto de vista. Veamos la primera. Para responderla es necesario aclarar que es la tendencia. La tendencia no es en nuestro caso una ley que recorre, necesaria e ineluctablemente, la realidad: la tendencia es un esquema general, que, a partir del análisis de los elementos que componen una situación histórica, se establece sobre ella como definición de método, de orientación, de directiva para la acción política de masa.

 La tendencia es la previsión determinada relativa a la dialéctica material que desarrollarán los hechos que así son comprendidos. La tendencia es la explicitación práctico-teórica del punto de vista obrero en una época histórica determinada. En este sentido la tendencia puede, al describirla, definir que la contradicción es un camino opuesto al que recorre el determinismo económico: la tendencia puede ir de lo simple a lo complejo, de lo concreto a lo abstracto, para conquistar un horizonte teórico pleno y adecuado dentro del cual simplicidad y concreción de los elementos de los que ha partido el discurso adquirido se significan.

 

 Lo concreto es concreto porque es síntesis de muchas determinaciones, por tanto unidad de muchas piezas. Por esto, el pensamiento mismo se presenta como proceso de síntesis, como resultado y no como punto de partida, aunque ese sea el punto de partida efectivo y por consiguiente el punto de partida de la intuición y de la representación. Por la primer vía la representación concreta se ha volatilizado en una determinación abstracta; por la segunda la determinación abstracta condujo a la reproducción del concreto en el camino del pensamiento (Elementos fundamentales, I, p.27).

 

 Por consiguiente al presentarse como método rígido y determinista, el procedimiento de la tendencia representa una aventura de la razón en su encuentro con la complejidad de lo real, y la razón acepta el riesgo de esta aventura: la verdad de la tendencia está de hecho en su verificación. Otra que economicismo! Después de haber descripto este método Mao anota: "De este modo nos alejamos del materialismo pero, rechazando el materialismo mecanicista, defendemos el materialismo dialéctico" (39) En efecto toda la inversión de la dialéctica hegeliana en los clásicos, de Marx, Lenin y Mao, se resuelve en un proceso de descomposición del horizonte determinista, en la tentativa de relacionar dentro de la crítica de la economía política el análisis de la complejidad de lo concreto -por tanto la traducción práctico-política de la previsión teórica es en última instancia el poner en este nivel el problema de la organización. Se nos ha acusado entonces, lo que sería más correcto, que de economicismo, de estar todavía queriendo resolver el problema de la organización; que se nos acusa lo aceptamos críticamente, impregnando el trabajo para resolverlo, en el movimiento.

 Si se verifica la validez del método de la tendencia en la práctica de la organización, incluso la segunda de las objeciones que ha menudo se ha rebelado contra el método -el idealismo, el espontaneismo- se hace menor.

 El asumir la polaridad de la tendencia, de sus contradicciones y la posibilidad de transformarla en antagonismo, en proceso revolucionario y en iniciativa insurreccional, no constituye de hecho un procedimiento hipostático en la confrontación de la realidad analizada, es sino el presupuesto de cualquier análisis que se quiera significativo. La verdad objetiva al principio no es tal. Se construye en la lucha, por la lucha, por la transformación de la práctica. El análisis marxista determina la realidad contra la que se dirige imponiendo desde el inicio el punto de vista de clase como esquema operativo de parte del trabajador, como intención revolucionaria: es un acto de fuerza en la confrontación de lo real, su verdad y el resultado, es a partir de la voluntad política del resultado que el análisis se vuelve hacia atrás: consecuentemente "la anatomía del hombre es la clave para la anatomía del mono" (40) Sólo una praxis así determinada se permite constituir una objetividad para nosotros significativa: "La verdad es un proceso. De la idea subjetiva el hombre llega a la verdad objetiva a través de la praxis” (41) No se trata de un proceso indeterminado, sino de una práctica determinada. Escribe Lenin, y repite Mao: "La práctica es superior al conocimiento (teórico) ya que en ella está no sólo la dignidad de lo universal, sino también la dignidad de la realidad inmediata" (42) Se nos ha querido acusar, pero no se ha acusado de subjetivismo a la teoría –ya que esta es una característica del materialismo dialéctico "como reconocimiento abierto que eso sirve al proletariado" (43) sino de no haber caracterizado que tanto de realidad inmediata de esta nuestra práctica constituye la organización. Pero en este terreno, y para este fin trabajamos.

 Es a partir de estos presupuestos que el análisis de la tendencia descubre el pasado -como presupuesto fijado- los antagonismos objetivos que hoy el punto de vista de clase quiere exaltar, y el pasado verifica, los mecanismos de control, de recomposición de una dialéctica de capital que hoy el punto de vista de clase quiere destruir. La existencia de la clase obrera es producción continua de antagonismo determinado.

 La época de la historia de la clase obrera es señal de la emergencia de un antagonismo específico, y es en torno a esto que se desarrolla la lucha, y es en torno a esto y en función de la explosión revolucionaria que se construye la organización. Así como en el período de la Segunda Internacional el antagonismo específico era entre el control obrero del proceso valorativo y la posesión capitalista del modo de producir, así como en el período entre las dos guerras –y a fines de los años sesenta- el antagonismo específico era entre masificación de la fuerza-trabajo y proporción determinada de su control en el plano del capital -contradicción del salario- así hoy el antagonismo específico es entre constitución plena de la clase obrera en individualidad política y la forma fábrica del dominio capitalista, entre voluntad comunista de la masa y comando de empresa.

 Desde este punto de vista, la feliz paradoja del método se ilustra de nuevo. Vale decir que lo que quería ser un comportamiento determinista y economicista, persiguiendo a la tendencia, sus contradicciones y el antagonismo específico en ella presente, se ha invertido verdaderamente: el cuadro constituido de la dialéctica entre voluntad comunista de la masa y forma de comando de la empresa, de hecho, cualquier elemento de valor, cualquier momento sociológico de definición relativa a la colocación de los elementos viene disolviéndose en lo político que domina y subordina lo social. Esto acontece al interior del proceso tendencial que la lucha de clases, la incesante dialéctica que la caracteriza, ha producido. Y este dominio de lo político sobre lo social podemos verificarlo como un tejido sobre el que ejercitar una redefinición, en parte ya esbozada, de una categoría fundamental del análisis marxista: que el capital naturaliza el comando de empresa, se desengancha del valor y se realiza en el plano de relación de fuerza; la composición orgánica se da como relación de factores no más en forma intrínseca sino políticamente sobredeterminados. Cuál es entonces, el contenido de la nueva forma de categoría científica del análisis marxista -también en esto sigamos las indicaciones de los clásicos.

 

 La actividad del hombre que se ha hecho un cuadro objetivo del mundo transforma la realidad externa, de allí anula la determinación (= transforma esto y aquello de su aspecto, de su cualidad) y de este modo le saca el trato de velo, de exterioridad y de nulidad, y le rinde existencia en sí y por sí (= objetivamente verdad) (Lenin, Cuadernos filosóficos, pp. 212-213).

 

 La tendencia es por tanto el horizonte de un sujeto que se produce dentro de un cuadro determinado, dentro de este cuadro determinado se pone en relación y, sobretodo, en este proceso se transforma a sí mismo y con ello al cuadro de referencia. La lucha de la clase trabajadora es el medio y el motor de esta transformación, junto a la objetividad sobre la que se aplica, contra la que se mueve y la subjetividad misma que representa.

 

 La lucha del proletariado y las masas populares revolucionarias para la transformación del mundo implica la realización de las siguientes tareas: transformación del mundo objetivo y a un tiempo transformación del propio mundo subjetivo, transformación de la propia capacidad cognoscitiva, transformación de los nexos entre el mundo subjetivo y el mundo subjetivo (Mao Tse Tung, Escritos selectos, I, pág 382).

 

 Ser dentro de este proceso es la condición fundamental para ubicar el problema de la organización, desarrollar la tendencia a fin de proclamarla en primera persona, hacer vencer el proyecto que ella contiene, y resolver el problema de la organización y organizarse.

 Una última anotación. Cuanto de lo dicho sirve para aclarar el punto de vista de lo que se mueve, no es seguro para resolver el problema planteado. Esto sería idealismo puro y simple! Aunque aún sirve -si no a resolver- seguro a delinear la solución en términos correctos, a proponer un estilo de trabajo que debe corresponder del principio al fin a una exigencia fundamental: la de desarrollar la temática de la organización, de su programa -incluso del programa y de la iniciativa más fuerte y dura- el contacto y la simbiosis con el movimiento de masas. Y esto vale sobretodo para el problema del tiempo del trabajo revolucionario. Sobre estos presupuestos el problema del tiempo no es confiado a la previsión teórica de un cierto contrato determinado, a la expectativa de algún futuro, ni de una coyuntura que depende de una relación externa a la relación de clase. El tiempo del proceso de organización y el del proceso revolucionario pueden ser identificados al interior de la relación con el movimiento de masa que tiene éxito en determinar. Cualquier otra expectativa, cualquier otra entrega es sólo oportunista. Acelerar o retrasar el tiempo, es responsabilidad revolucionaria y basta.

7. Contra el comando de empresa: la organización de la insurrección en la nueva composición de la clase trabajadora.

 

 Volvamos al problema de la organización sobre la base del resultado de la precedente indagación relativa a la nueva composición del capital. Como a menudo se ha repetido, para nosotros es fundamental la verificación de la "objetividad" de nuestro discurso -tener éxito al implantar un discurso sobre la organización que responda al proyecto programático, por consiguiente a la determinación de la relación entre voluntad de subversión y realidad de la cosa por subvertir. Andaremos mucho más en la consideración de las posiciones que normalmente, tradicionalmente aparecen en las discusiones entre marxistas acerca del problema de la organización: no abandonaremos la llave de la relación entre organización y composición del capital porque eso da a la teoría el soporte negativo de un fundamento real a invertir -la determinación del capital como adversario directo, sujeto del antagonismo-, y el soporte positivo de un referente construido en el mismo desarrollo capitalista, colocando en la composición del capital, el soporte del proletariado como sujeto revolucionario respecto a la determinación de una relación material.

 Ahora, en lo que respecta al programa, hemos ya insistido previamente sobre el tema de la gestión de masa de la apropiación. La apropiación y la propia calificación del comportamiento de clase contra el estado del desvalor, del comando de empresa, es ahora como antes era la autonomía en la propia calificación del comportamiento de clase contra el Estado-plan, el de las proporciones generales determinadas entre trabajo necesario y plusvalor producido. La apropiación es el revelarse de una nueva figura de sujeto histórico revolucionario, es el trabajo abstracto hecho generalidad e individualidad conjuntamente, reconocimiento que la forma de la producción pasa siempre más de la contradicción al antagonismo con la fuerza social de la producción. El programa -dentro de esta composición de clase-debe ahora desarrollarse en el terreno de la apropiación generalizada, de la gestión de masa, la conexión a la riqueza social reconocida como propia. En esto se expresa el individuo social de la producción que reconoce en el modo actual de producción un traje muy ajustado a las propias posibilidades, el comunismo es la única realidad adecuada a la propia emergencia. Desde este punto de vista, los cuadros de la organización revolucionaria son todos los que han alcanzado este nivel de conciencia y a que a partir de éste son promotores, guías, provocadores de la acción de masas para la apropiación. Desde este punto de vista la acción para la apropiación es el terreno normal, continuo, inmediato sobre el que se ejercita el programa, el horizonte de la constelación de acciones tácticamente eficaces en la recomposición de una revuelta general y masificada.

 Dicho esto, todavía, se toca sólo un elemento del discurso. Como se ha visto, la especificidad de la situación no consiste sólo en el emerger de la figura proletaria masificada sino también en la relación que se extiende entre esta emergencia y la forma de empresa de la explotación. Tratándose del primer nivel, no sólo la organización peca por ceguera estratégica y por ineficacia conclusiva, sino sobretodo -como siempre cuando la dialéctica cojea– se expone a toda la trampa del reformismo y consecuentemente del oportunismo al propio interior. Ciertamente la apropiación es en sí un elemento contradictorio con la forma capitalista del dominio sobre el modo de producir: pero no habíamos ya visto la forma de empresa del capital desarrollarse precisamente como capacidad de hacerse insignificante, de diluirse en el tiempo, de recuperar la propia dialéctica circular y mediar –al límite, de destrucción de la crisis– el individuo social proletario? Hoy el mismo reformismo del movimiento obrero tradicional puede en ciertos casos imputarse esta “buena fe”, en términos marxistas, esta falsa conciencia.

 El segundo problema fundamental del programa revolucionario es entonces el de la estimación correcta de la relación entre proletarización y forma de empresa del dominio capitalista sobre el modo de producir. Y en este nexo, sobre este intercalarse de motivos el capital proyecta y forzosamente rige la propia supervivencia, es sobre la composición política de capital que solamente puede ejercitarse la voluntad de revolución. Si se pelea de hecho con la sobredeterminación política que muestra el control sobre el movimiento unificado del proletariado, con la especificidad de esta, la organización no se da como organización revolucionaria. Decir esto es reconocer todavía una vuelta a la naturaleza de la empresa como función de arrastre del modo de producción capitalista en una situación en la que el equivalente general entre fuerza de trabajo pasada y plusvalor pro